Los grandes tabúes de la sociedad fueron alguna vez
representados en el teatro. Situaciones violentas y controversiales vieron la
luz sobre un escenario, ante una reacción de sorpresa, pero comprensiva, por
parte del público.
El
teatro asumió la función de caja de resonancia para las ideas, los problemas y
la vida política y cultural de La mímesis final representa la "retribución" por el crimen. El castigo recibido hace nacer en el individuo que asiste a la representación, sentimientos de piedad y terror que permiten que la mente se purifique de las pasiones negativas que cada hombre posee.
Años después, en Roma, el único que pudo hacerle
alguna crítica al rey, sin padecer luego el castigo, fue el Bufón, quien a
través de un supuesto rol de entretenimiento, logró decir verdades que ni los
más íntimos del rey se atrevieron a pronunciar. Estos dos son sólo ejemplos del rol social del teatro, que demuestran su función histórica como ventana crítica a realidades que la sociedad se niega a ver. Pero esta crítica se puede realizar en tanto el público que asiste a la representación sea capaz de admitir la similitud con la realidad y entre en el juego, donde se maneja un código común y dónde la asignación de sentido se realiza de manera interactiva entre el emisor y el receptor (el público y el espectáculo). Esta interacción dinámica entre los dos polos, indispensable en la relación teatral, es la que hace que el teatro no sea solamente un fenómeno lúdico y expresivo, sino también un fenómeno de comunicación. Pero, ¿por qué el teatro fue históricamente distanciado del campo de la comunicación?
Primero que nada hay que remontarse a la
definición de comunicación. Comunicar es “poner en común”, “participar en”,
“compartir entre dos o más”, sin embargo, en el siglo XX ha tomado
exclusivamente el sentido de “transmitir”, haciendo así del emisor, la
instancia principal de la comunicación. Consecuentemente, el receptor sólo está
considerado cuando da una respuesta efectiva, es decir, cuando deviene, a su
turno, en emisor. En el teatro, el público (receptor) no se expresa
explícitamente más que al final de la obra con aplausos o silbidos. Sin
embargo, adjudicar una tarea tan sencilla como la de simplemente observar, es
negar el profundo compromiso que implica cumplir el rol de espectador. Más allá
de la catarsis de la tragedia, dónde el público asistía a las obras no sólo
para entretenerse sino también para tomar conciencia sobre determinadas
problemáticas, durante el siglo XX el rol del espectador fue mutando y dejó de
estar envuelto en los hábitos heredados de una tradición secular que los
aprisionaba en una actitud de recepción de un mensaje claro e inequívoco,
emitido desde un solo lado del escenario. Las
nuevas relaciones entre el escenario y el público, ya no funcionan según la concepción clásica,
unilateral de la comunicación a la que el espectador está habituado. Las
acciones que se esperan del espectador incluyen: que guarde la distancia
necesaria para ejercer su sentido
crítico, que participe físicamente de la acción, dejando de lado sus
inhibiciones, y que lleve a cabo la tarea misma de la organización del sentido
de la representación. El antiguo receptor pasivo, esta llamado ahora a
trabajar, a transformarse en activo, ser creativo, a activar las redes de
sentido, la comunicación teatral, haciendo nacer en él, una práctica real. En
este sentido, el contenido del mensaje puede variar en base a las relaciones
dinámicas y creativas entre el público y la representación escénica. Se diseña
así, una obra multidimensional donde la significación, en lugar de ser un dato
preestablecido, toma forma en un contexto de interacción formado por la unión
de elementos del escenario y del público, en la relación teatral. En este punto
es necesario retomar la definición de comunicación, ya que, según las teorías
recientes, ya no se la conoce como una actividad
únicamente verbal y voluntaria, sino más bien como un proceso continuo de
interacción. En ese proceso relacional, según Paul Watzlawick, todos los
participantes comunican, conscientemente o no, por sus acciones o inacciones,
por sus palabras o silencios, es decir por su comportamiento global y no
solamente por su lenguaje verbal. Esta es,
por lo tanto, una perspectiva según la cual todo comportamiento es considerado
como un mensaje, lo que reintegra al teatro teóricamente al campo de la
comunicación. Por otro lado, en el modelo de comunicación planteado por Matilda y John Riley, además de
abordarse las temáticas relacionadas a los aspectos sociológicos de lo
individuos, como lo son el contexto social en el que se desarrollan o los
grupos a los que pertenecen (lo que incluye necesariamente los códigos que esos
grupos manejan), también se incluye por primera vez la noción de retroalimentación-
feedback- y la inter-influencia entre el emisor y el receptor, generando en esa
comunicación circular una desaparición de los límites entre uno y otro. Este
tipo de comunicación, que puede relacionarse con la semiosis infinita planteada
por Peirce, donde el interpretante al determinar al objeto, deviene en signo,
que luego será determinado por otro interpretante que podrá ser signo de otro
objeto con otro interpretante y así sucesivamente, rescata la posibilidad de
que todos puedan ser a la vez emisores y receptores, representantes y signos.
De esta manera, el teatro puede ser revinculado al
campo de la comunicación en tanto comparte con ella puntos neurálgicos como lo
son:
-El uso de la comunicación no verbal, como medio
fundamental de la expresión (recordando que se superaron las teorías sobre el
texto centrismo en el teatro y la exclusividad de la palabra en la
comunicación-el 80% de la comunicación en el ser humano es no verbal-)
-Tener como única necesidad para su existencia la
presencia de un “emisor” y un “destinatario”
-La construcción de sentido de manera interactiva
entre uno y otro
Por otra parte, son numerosos los beneficios de
dicha incorporación, ya que el teatro puede entrenar a los comunicadores en los
aspectos no verbales que usualmente son dejados de lado en pos de una
sobrevaloración de la palabra oral o escrita.
Entre los puntos positivos se encuentran:
-Desarrollo
de la creatividad (lo que permite adaptarse a nuevas situaciones; salir de si
mismo y tomar en cuenta otra mirada)
-Superar la falta
de confianza en si mismo (en tanto el juego teatral expone a situaciones que
requieren afrontar miedos y desdramatizar estados)
-Distanciamiento
para analizar las situaciones
-Entrenamiento
para una gran flexibilidad expresiva con el cuerpo, el rostro y la voz (para
lograr una congruencia entre lo que se está diciendo verbal y no verbalmente y
evitar que se generen de ruidos en el mensaje)
-Fortalecimiento
de los aspectos organizativos, solidarios y de trabajo en grupo
-Predisposición
para la modificación mutua entre quienes forman parte de la construcción del
mensaje; en tanto la influencia de uno sobre otro (emisor sobre receptor y
viceversa) genera una transformación tanto en el mensaje como en los
participantes.
Todos estos
aportes fortalecerían la construcción interactiva de mensajes, fin último y
condición principal de toda comunicación.
Andrea Villaverde
Bibliografía y sitios web consultados:
- Marafioti, Roberto. Charles S. Peirce: el
éxtasis de los signos. Biblos, 2004
- Perelli-Contos, Irène. Théâtre et littérature, théâtre et communication en Nuit
Blanche Numéro 55, mars-avril-mai
1994, p. 46-49
- Entrevista a Nadia Baji en Améliorer sa communication
par le théâtre, Mesacosan.com 09 octobre 2011
- Le théâtre, outil de Communications en
obiblio.fr en 23 de noviembre de 2008
- Wikipedia
- Página de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad
Nacional de Entre Ríos

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